Llegando a Laos: Luang Prabang, la ciudad naranja

En Camboya, y después en Vietnam, habíamos escuchado un dicho que trata de definir la forma de ser y de vivir de los vecinos de esta parte del Sudeste Asiático. Decía algo así: los vietnamitas plantan el arroz; los camboyanos lo escuchan crecer; los laosianos observan cómo crece; y los chinos lo venden. Aunque no sea del todo cierto, sí encaja bastante bien con la primera impresión que el recién llegado se lleva de los habitantes de estos países. Y de forma especial en Laos, donde ver la vida pasar es un arte que domina la gran mayoría de la población.

Por eso este país es un remanso de tranquilidad para el viajero que viene del caos de las grandes ciudades de los países cercanos. Aquí nadie te atosigará intentando vender nada. Tampoco escucharás el sonido de los cláxones cada medio segundo. Ni siquiera los conductores de tuks tuks se acercarán en masa a la salida de las estaciones de autobús o en el aeropuerto para llevarte a la ciudad. Simplemente esperarán tranquilamente en la acera de en frente por si los necesitas. Un estupendo respiro de calma que acaba contagiándote.

Es una de las razones por las que encuentras pocas opiniones negativas (más bien todo lo contrario) sobre este país: el hecho de que aquí la tranquilidad sea forma de vida se valora como una virtud difícil de encontrar. Pero el que los laosianos sean tipos muy, muy, muy calmados no quiere decir que sean aburridos. Al revés, la mayoría de los que nos cruzamos eran bastante divertidos. Aparte de que se ríen por casi todo, y con risas de las de verdad, lo mismo cuando hablan de lo mal que jugó su equipo de fútbol el día anterior que cuando te pasas regateando en los mercadillos.

También se ríen bastante cuando preguntas si el país se ha desarrollado mucho económicamente en los últimos años. Quizá porque aunque Laos lleva más de 20 años abierto al turismo y eso ha traído muchos ingresos, la mayoría sigue viviendo del campo, sin notar grandes cambios en su nivel de vida. Es otra de las cualidades de este país completamente rodeado de montañas: que casi todo se mantiene prácticamente virgen. En medio de mucha, mucha naturaleza.

Qué ver y hacer en Luang Prabang

La primera ciudad que conocimos en Laos fue la antigua capital del reino del millón de elefantes. Así se bautizó esta tierra, Lang Xang, cuando se independizó como reino allá por el siglo XIV, aunque ahora lo del millón de paquidermos se quedaría bastante largo. Aún así, todavía quedan unos cuantos. Cuando llegamos acababa de celebrarse en Sayaboury, a 4 horas de Laos y 8 de Vientiane, el Festival de Elefantes, donde más de 60 paquidermos compiten por el título de elefante del año (en esta ciudad vive el 75% de los más de 500 elefantes domesticados y 150 salvajes del país).

Aunque hace siglos que Luang Prabang dejó de ser la capital, sigue siendo la ciudad más importante del país: la mayoría de los 2,7 millones de turistas que visitaron Laos en 2011 pasaron por esta ciudad de 77.000 habitantes, capital espiritual y centro religioso por excelencia no sólo del país sino también de esta región de Asia. De hecho, el 90% de esos turistas provenían de otros países asiáticos, en su mayoría también budistas. Y es que la ciudad al completo, y también la mayoría de sus habitantes, está orientada a la práctica del budismo. Aún quedan en pie más de 30 templos budistas -los más bonitos que hemos visto ahora-, y en ellos viven más de 1.000 monjes. Por eso la ciudad parece teñida de naranja, el color de las túnicas de los monjes que pululan por todo Luang Prabang entre cientos de turistas.

Allí estábamos también nosotros, a las 5.30 de la mañana, esperando ver la ceremonia del Binthabat, cuando los monjes recorren en silencio las calles de la ciudad, con cuencos donde recogen las ofrendas de los vecinos (y ahora también de los turistas) consistentes en arroz, fruta y cualquier otro alimento, aunque también hay quien deposita dinero. Puedes ver esta ceremonia en bastantes más ciudades budistas, pero aquí es todo un espectáculo por la cantidad de monjes (unos nos dijeron que 300; otros, 600) que salen a la calle en tropel guardando filas. Sólo que aquel día, y los siguientes, a las 5.30 de la mañana no había por allí ni el tato, exceptuando otro par de turistas igual de despistados que nosotros. Quizá depende de la época del año, pero al menos en invierno los monjes no salen de los templos hasta las 6.15 o 6.30 de la mañana.

A partir de entonces comienza toda la actividad de la ciudad: los vendedores instalan sus mercancías en el mercado, los puestos de comida empiezan a funcionar y los restaurantes abren sus puertas para desayunar. Así que hubo que esperar cerca de una hora, pero mereció la pena.

Igual que perderse por las decenas de templos de la ciudad, donde encuentras a monjes descansando de las tareas diarias con quienes echarte una charla. Así nos enteramos de que hay algunos muy forofos del fútbol español (no sólo conocían nombres de jugadores españoles, sino también frases en nuestro idioma) que tienen la misma curiosidad por los extranjeros que nosotros por ellos -no es raro que empieces un tímido interrogatorio y acabes siendo tú el interrogado-. O de que también tienen móviles e incluso Ipads que prefieren esconder si ven una cámara. O que su actividad principal es el estudio, pero no sólo acerca de las enseñanzas de Buda, sino también sobre las materias que estudiaría cualquier chaval español en el instituto: álgebra, química, física…

Esos templos más pequeños donde encontrarás monjes en su día a día cotidiano fueron los que más nos gustaron, pero quizá los más conocidos son Wat Xieng Thong y Wat Mai. Otra visita habitual es la colina Phu Si, un lugar sagrado al que se llega tras subir 300 escalones a lo largo de los que encuentras vendedoras de pájaros enjaulados (dicen que soltar uno desde la cima trae buena suerte). Allí está la estupa dorada de That Chomski, según los lugareños el mejor sitio para ver toda la ciudad de un vistazo. Es el único lugar en el que hay que pagar entrada además del Museo Nacional (el antiguo Palacio Real, donde vivió el último monarca laosiano).

En otra zona de Luang Prabang, junto al río, donde se congregan muchos turistas al atardecer, encontrarás barqueros para llevarte al mercado y también a las cuevas de Pack Ou o de los mil budas, llamadas así por la cantidad de estatuillas que los fieles han dejado allí. Más tarde, al anochecer, las opciones en Luang Prabang son recorrer el mercadillo y cenar o bien en un restaurante de la calle principal y alrededores o bien en el buffet al aire libre en el que dan la opción de rellenar tu plato a rebosar por 10.000 kips (alrededor de un euro).

Además de darte una vuelta por esta bohemia ciudad que tiene una curiosa mezcla de templos budistas y edificios de la época del colonialismo francés -mucha de la gente mayor aún habla francés-, es buena idea alquilar una bici o una moto y recorrer los alrededores, con pueblos muy pequeños donde hay menos turistas. En moto fuimos hasta las cascadas de Kuang Si, a unos 30 kilómetros, un buen lugar para darse un baño en aguas turquesas escapando del calorazo de Luang Prabang.

A pesar de los baches el camino es una gozada. Y a medida que te vas acercando a las cascadas ocurre un curioso fenómeno: el «ataque» de las mariposas blancas. Como una manada espectacular, un montón de mariposas acababan chocándose con nosotros. Fue el día que aprendimos que siempre que vayas en moto conviene hacer una cosa: cerrar la boca.

Cómo llegar a Laos desde Vietnam

– Entramos al país en avión, directamente a Luang Prabagng, después de estudiar varias combinaciones por carretera. Pero desde Vietnam no es mala idea cruzar al norte de Laos en autobús si ya estás en Sapa, esa ciudad será tu último destino en Vietnam y tienes tiempo (el viaje lleva más de un día). Si te encuentras en Hanoi, como era nuestro caso, cruzar por ese punto supone sumar al menos 12 horas más de autobús. Aquí os dejamos un buen post si elegís esta opción.

– Otra posibilidad es coger un autobús desde Hanoi para llegar a Vientiane, la capital. Lleva unas 24 horas. Pero si tu siguiente destino está al sur de esta ciudad tendrás que subir para ver Luang Prabang y luego volver a bajar, así que dependiendo del cansancio y de las ganas de autobuses que te queden es o no buena idea.

– Ahí no se agotan las posibilidades, tienes bastantes más pasos fronterizos por los que cruzar dependiendo de dónde te encuentres, así que por si os sirve de orientación, aquí os dejamos otro post muy práctico que encontramos en Internet.

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