De mercados y palacios en Mysore

Después de unos cuantos jaleos con taxistas y conductores de tuk tuks para llegar a la estación de Bangalore desde donde salen los autobuses a Mysore –como ya os comentamos se nos estaba dando regular lo del transporte-, salimos de la capital de Karnataka rumbo a la ciudad de los palacios, Mysore, a unas tres horas en autobús. Y lo que encontramos nos encantó.

Dicen que es la segunda ciudad más limpia del país –y eso en India es mucho-, y resultó que era verdad. Pero no es el único mérito de este lugar. Para empezar, es abierto, tolerante, tranquilo, amable… Quizá por eso conviven en sus calles sin problemas musulmanes, católicos e hindús. En apenas 50 metros puedes encontrar mezquitas, iglesias y templos mezclados en un par de manzanas, y también musulmanes entrando en iglesias, católicos visitando templos o hindús curioseando en las mezquitas para ver qué se cuece en las “casas” de las otras religiones. Porque aquí, como en cualquier otra parte de India, todo el mundo tiene religión, y la pasea por la calle en sus vestimentas. Entre mujeres con sari, mujeres con burka, mujeres vestidas al estilo occidental… encuentras a hombres con turbantes, hombres vistiendo el dhoti que paseaba Gandhi, otros con taqiyah…

Uno de ellos nos llevó en su tuk tuk hasta el hotel. Luego nos dimos cuenta que habíamos vuelto a hacer el primo, a pesar de que aquí los precios de los tuk tuks son muy, muy asequibles incluso sin regatear: en Mysore todo está más o menos cerca, así que para ir de una punta a otra, como mucho pierdes 40 minutos andando.

Aún así, mereció la pena porque el tipo era un buenísimo guía, aunque no cobrara por ello. Contaba historias de los tiempos de los maharajás –con el tuk tuk ya parado (es lo que tienen las distancias cortas)-, de cuando esta ciudad era capital del reino, de sus 23 palacios, del incendio en la cocina del más famoso de ellos durante la boda de una de las princesas, lo que obligó a reconstruirlo olvidándose de las maderas para no volver a liarla… Algo de esa India palaciega y monumental queda en Mysore. La mayoría, alrededor del Palacio de Mysore, la enorme residencia de la dinastía Wodeyar durante sus últimos tiempos.

Esta dinastía, que dejó de reinar cuando se declaró la independencia de India en 1947, sigue participando en uno de los festivales más famosos de todo el país, el Dasara. Cuando llegamos nosotros hacía ya unos meses que se había celebrado (se organiza en octubre), así que nos lo perdimos, pero por lo visto es todo un espectáculo: un montón de turistas se pasan por aquí para ver la procesión de elefantes pintados y decorados que se celebra el décimo día de la fiesta. Uno de ellos lleva en su cabeza la imagen de la diosa Chamundeshwari. Celebran desde  hace siglos la victoria de esta diosa sobre el mal, encarnado en el demonio Mahishasura, y durante esos 10 días el palacio se ilumina con 100.000 bombillas.

En aquel palacio acabamos esa tarde, rodeados de familias indias que vienen de visita a este palacio desde todos los rincones del país. Y nos encantó. Cuesta 200 rupias (unos dos euros y medio) e incluye una audioguía que merece la pena –hay que dejar en depósito el pasaporte o cualquier otra identificación-. Lo malo es que no permiten cámaras en el interior, hay que dejarla en una taquilla, así que no os podemos enseñar fotos de cómo es aquello por dentro, pero para que os hagáis una idea en muchas de las salas, sobre todo en las que se organizaban las recepciones y fiestas, parece que va a salir uno de los maharajás con pluma en el turbante rodeado de su corte para saludarte en cualquier momento. Porque eso es lo que parece: un palacio de cuento, y como anclado en el tiempo, donde se mezclan un montón de estilos –según el tipo de la audioguía, hindú, musulmán y gótico-.

No es lo único a visitar en Mysore, donde, por cierto, se come estupendamente. También está la colina Chamundi, que muchos suben para visitar el templo allí levantado, enormes plazas, varios museos, la iglesia de Santa Filomena… Y el mercado de Devaraja, donde se concentran un montón de colores y olores (de los buenos), además de buena parte de los vecinos de esta ciudad casi a diario. Para comprar jazmines como ofrendas, para llevar a casa toda clase de frutas, verduras y hortalizas, para hacerse con las imprescindibles especias, para llevarse algunos tintes de distintos colores con los que tanto hombres como mujeres –más las segundas- decoran su frente formando el famoso bindi o punto en la frente, que según su color es como el anillo de los casados católicos (quienes tienen marido lo llevan rojo), para comprar los famosos aceites de Mysore

Allí, mientras paseas entre hombres y mujeres cosiendo larguísimas guirnaldas de jazmín, niños haciendo los deberes sobre el mostrador del puesto de sus padres, algún que otro vendedor echándose la siesta y clientes regateando precios de cualquier cosa, puedes pasar la tarde sin enterarte. Un pequeño microcosmos dentro del pequeño Mysore.

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