De indecisiones, playazas, rutas en moto y el menú del día en las islas Camotes

La idea era saber a dónde ir y elegir una de las decenas de opciones que ofrece Filipinas, pero sólo llegamos al primer paso: reservar un vuelo de ida y vuelta a la isla de Cebú, que únicamente reducía un poco las opciones. Así que nos montamos en el avión que nos llevaría al aeropuerto de Mactan o Lapu Lapu, muy cerca de la ciudad de Cebú, sin tener la más remota idea de qué hacer al llegar.

La duda era si bajar en bus al sur y desde allí coger un barco a la isla de Negros Oriental; si hacer el mismo camino pero en el puerto coger un barco en una dirección diferente, Siquijor; si olvidarnos de barcos y tomar carretera y manta hasta Moalboal, también al sur pero en el lado oeste de la isla; si ir a Oslob, en el sureste; si cambiar de dirección buscando el norte para allí coger un barco a Malapascua; si subir al centro e ir por mar hasta Bohol… Total, que después de ponerle la cabeza como un bombo a la mujer que atendía el punto de información turística del aeropuerto de Lapu Lapu, teníamos las mismas dudas que antes y otra más: las islas Camotes, que no habíamos contemplado.

Por alguna razón bastante poco racional cogimos un taxi sin haber decidido primero en qué dirección ir. Pero hubo suerte y el buen hombre que lo conducía, llamado Sami, tenía una paciencia infinita. Así que además de enseñarnos algunas palabras en tagalo y contarnos su impresión del país en el que vivía, no dijo ni mu cuando primero le pedimos que nos llevara a los autobuses que van al sur, luego a los del norte, luego a las furgonetas también del norte… Al final no sabemos deciros muy bien por qué decidimos ir al único destino sobre el que no habíamos mirado nada antes: las islas Camotes. Había que subir hasta Danao, a algo más de una hora, y allí esperar que hubiera suerte y aún no hubiera salido el último ferry a las islas, a unas dos horas.

La hubo, así que ese mismo día llegamos a Consuelo, el principal puerto de las Camotes. El problema era que pasaban las ocho de la tarde y no se veía nada. Nada de nada. Total, que como calculábamos que no se nos iba a dar bien buscar dónde dormir a oscuras, aquella noche aparecimos en el hotel más cercano, que tenía preparado en el puerto un autobús para turistas despistados. A la mañana siguiente nos encontramos una playaza de las de foto, con arena blanquísima, agua transparente y nadie más que nosotros por allí.

Pero el precio de aquel hotel a pie de playa se salía del presupuesto (aunque era muy barato comparado con lo que te cobrarían por algo similar en casi cualquier parte del mundo, la idea era gastar poco en uno de los países más baratos en los que hemos estado, que vamos regular con los presupuestos).

Buscando en Internet malamente –prácticamente no hay wi fi en ningún sitio, salvo curiosamente en el hotel más barato de la isla, como descubriríamos después- no aparecía casi ningún alojamiento, así que alquilamos una moto para ver si encontrábamos algo dando la vuelta a la isla (aunque las Camotes son cuatro islas -Pacijan, que todo el mundo conoce como San Francisco, la capital del municipio; Tulang, donde no vive nadie y a la que se puede llegar en un par de minutos desde Pacijan; Poro; y Pilar- la más interesante parecía San Francisco y al final no nos movimos de allí). El alquiler de la moto salió por unos 5 euros, y puede que fuera una de las mejores excursiones que hemos hecho hasta ahora. Quizá porque tampoco esperábamos encontrar nada y resultó que es lo más parecido a una isla prácticamente virgen con mucho encanto.

Sólo recorrer la costa, por donde va la carretera, merece la pena si te gustan las aguas turquesas. Pero además encontrarás un lago que todos los habitantes de la zona se empeñan en que conozcas (lo llaman The Lover’s Lake aunque nadie supo decirnos por qué), unas cuevas, las de Bakilat, en la parte norte de la isla, donde puedes pegarte un buen baño, y varios senderos a campo abierto para darte paseos si aguantas bien el calor. En total encontramos 5 lugares donde dormir, y buscando mucho, así que seguramente no habrá más. Claro que tampoco vimos más que cuatro o cinco turistas durante el tiempo que anduvimos por allí, así que echando cuentas igual hay hasta demasiados alojamientos. Al final nos quedamos en Esperanza, una parte de la isla que queda muy cerca de Tulang, la isla deshabitada, y también de la playa de Borromeo. Aparte de la playa, de tirarte a la bartola sin más o de hacer experimentos con la cámara de fotos, es un buen sitio para echar un rato con la gente de la isla, que aunque no hable inglés se hace entender como puede.

Por ejemplo, con las «mariscadoras», que desde bien temprano se meten en el mar para coger erizos y luego los abren en la playa con un machete de tamaño descomunal mientras se fuman un puro; con los pescadores que encontrarás en la orilla a casi cualquier hora del día; con los críos que salen del cole y te saludan partiéndose de risa (aquí la atracción turística somos los guiris); con el tipo que vende cervezas «del tiempo» -y eso es ardiendo- y te da unas barras de hielo para que intentes enfriarlas como puedas…

El único inconveniente si no te quedas en el centro de la isla, San Francisco, es que no encontrarás prácticamente ningún servicio: ni supermercados ni restaurantes ni bares. Y al mismo tiempo, esa es la gran virtud de las Camotes: que gracias a que no hay prácticamente nada para el turista (si vas, lleva dinero en metálico porque tampoco encontrarás cajeros), puedes encontrarte una isla muy auténtica que nos encantó. Eso sí: es mejor llevar provisiones por si las moscas. Si no tienes moto y estas en Esperanza, la única opción para comer es el Sunset Vista, el lugar donde nos quedamos. Y el menú del día consiste en lo que Idhita haya hecho para ella aquel día, siempre que no se haya ido antes a echar la siesta. Esta es la cara que se nos quedó cuando se despertó y pudimos cenar-comer-merendar al mismo tiempo.

¡Hubo que esperar, pero fue un lujazo!

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    4 respuestas a De indecisiones, playazas, rutas en moto y el menú del día en las islas Camotes

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